Doce miradas o el poder de la palabra para empujar a la acción

Fin de una de esas semanas simbólicas para guardar con calor en algún rincón de mi selectiva memoria. Amaia López de Munain, Arantxa Sainz de Murieta, Begoña Marañón, Lorena Fernández, Macarena Domaica, María Puente, María Ptkq, May Serrano, Miren Martín, Noemí Pastor, Pilar Kaltzada y Ana ErostarbeLanzamiento el pasado martes de un blog colaborativo en el que participo junto con otras once mujeres. Que somos doce. Doce pétalos, doce flores. Somos doce miradas. Ojos de mujeres críticas, de las que no se conforman. De ésas que creen en el poder de la palabra y en su capacidad para mover el mundo a la acción. Mucha garra y mucho corazón indómito. Todo mezclado. Todo junto. Miradas y voces que hacen manos.

Fin de una semana que ha traído muchas adhesiones y enhorabuenas para todo el equipo. Una sorprendente acogida a una iniciativa que nadie reclamaba pero muchos esperaban, como quien recibe el susurro de la brisa bajo el sol ardiente. Personas ilusionadas ante la idea de contribuir a construir algo compartido. Algo mejor. Hombres y mujeres con ganas de denuncia y autocrítica. Con ganas de mirar dentro además de fuera. Con ganas de hacer de esta sociedad un lugar más igualitario y, en definitiva, más justo. Que en eso se basa precisamente la justicia: en la igualdad. No en la de géneros. En la de las personas. No en la del discurso, sino en la de los gestos y los hechos.

En lo personal, es el fin de una semana cargada de emoción, satisfacción y también de lecciones. El valor de la buena compañía, la unión. El saberse parte de algo. Comprobar que fuegos que se alimentan desde diferentes lados hacen fuegos más brillantes y más altos. Aunque, por qué no admitirlo, ver gestar y nacer doce miradas también ha traído algo de vacío. Ese agujero breve e indescriptible que sentimos cuando hacemos algo realidad. Cuando cerramos un libro o una puerta. Que yo soy más de antesalas que de salones. Más de viernes que de domingos. Más de caminos que de metas (como me hacía recordar hace poco un corazón blanco ;)

Pero toca ya enfocar nuevos horizontes. La ilusión llega sola y le basta con una chispa. Es hora de hacer. Construir hacia arriba y hacia los lados. Que hay mucho que cambiar y hacen falta muchas manos. Hay que hablar lejos y hay que hacerlo alto. Así que, subamos. Que no sea por no intentarlo. Y si no, saltar y volar.

Aprendiendo a volar / Learning to fly de Tom Petty.

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La felicidad no es una sinfonía

En una ocasión escuché en la radio que Beethoven definió la felicidad como la contemplación de la luz del Felicidadsol colándose entre las ramas de los árboles (aunque nunca he podido confirmar la cita, así que si alguien la conoce, por favor, que silbe). El caso es que me pareció totalmente acertada. No sólo porque conozco con precisión el delirio de ese instante, sino porque entiendo que lo que en realidad quiso decir es que la felicidad no es una sinfonía, sino que se mide por golpes, por notas; por fugaces instantes.

Recuerdo hace unos meses que tras recibir con un quiebro el saludo de un gorrión en la ventana, me encontré dándole vueltas a esto de la felicidad.  Esa sensación que los humanos nos empeñamos en perseguir a pesar de que resulta tan esquiva, caprichosa y fugaz como una mariposa al vuelo. La buscamos en las casas, en los coches, en los trabajos. A veces en el tamaños de nuestras televisiones, otras en los vestidos, en los zapatos… O en la pareja, quizá en los amigos, en nuestros hijos o en lo que adorna nuestras manos. Y sin embargo, ella llega cuando llega. Y aunque a menudo lo hace seducida por algo externo, suele venir de tierra adentro.

Aquella tarde me sorprendió mientras daba forma a unas albóndigas y a mi espalda, mi hijo —un corazón de león de ocho años— se afanaba en pasar la aspiradora con la intención de echarme una mano. Fue apenas un momento. Cotidiano, sencillo, íntimo. Una emoción tierna. Pasajera. Fue un instante de esos que te nublan el juicio con un agradecimiento intenso y profundo. Fue la felicidad asomando.

Iron and Wine playing “Joy”.

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Sobre bailar en la mesa del salón

Si todo el mundo dijera exactamente lo que piensa, este mundo sería probablemente un caos. Maquillar el pensamiento cuando éste sale en forma de palabras es parte de la naturaleza humana, tanto como lo son nuestras mejores virtudes. A veces protegemos así a otros y a veces nos protegemos a nosotros mismos. Sea como sea, parece lógico pensar que el desahogo cuando esa verdad no puede ser expresada del modo que uno plenamente quisiera, es fundamental para nuestra salud. Mental y física. Que lo que no sacas, se queda dentro y acaba enconándose.

Así que se me ocurre que cada uno de nosotros debería tener perfectamente identificada su manera de soltar. La manera sana de compensar la frustración que nos provoca no poder expresarnos con plenitud, decir sin barreras lo que sentimos y pensamos. Torrente de palabras en compañía de oídos familiares, sudor y deporte, contemplación de la naturaleza o contemplación interior. Quizá 60 minutos al teléfono con tu hermana, quizá un blog, quizá bailar sobre la mesa del salón.

De no hacerlo, la frustración — como las aguas subterráneas— acaba encontrando su inexorable camino. A veces el daño acaba dirigiéndose a otros, normalmente ajenos a las razones de esa verdad que quedó silenciada. Otras se queda con nosotros en forma de ansiedad, excesos y machaques varios. De una y otra forma, acaba robándonos la paz. Así que voto por dedicarle un rato a esto, a pensar en cómo nos desahogamos, cómo hacemos para curar los roces que la vida nos depara cada día.

Hace unos meses di con el vídeo que cuelgo a continuación. Sin saber bien porqué, me chifló la particular locura de Lisa Hannigan, su protagonista. Creí que era porque transmitía felicidad, frescura, originalidad. Esta mañana, en cambio, creo haber comprendido que lo que en realidad me gustó fue la sensación de deshago que produce ver el desahogo ajeno. La canción se titula Knots y no me digáis que no tiene toda la pinta de estar desatando nudos.

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Puertas que eran muros

Tengo la sensación cada vez más intensa de que si algo ha traído esta crisis —además del final de toda una forma de enfrentar la vida—, es la ilusión de que de verdad podría existir otra manera no ya de hacer las cosas, sino de concebirlas. Diría, de hecho, que somos legión los que atrapados hasta hace poco en nuestras respectivas zonas de confort hemos ido poco a poco despertando del sopor de la rutina en busca de nuevos horizontes. Uno mira alrededor y son muchos los gestos, hechos, acciones. Las iniciativas, personales o colectivas, que comparten un elemento común: proponer alternativas radicales. De base.

Hasta la fecha, se me ocurre que la actitud de quienes en general no nos conformamos era tratar de aportar un grano sabiendo que, poco más o menos, se perdería en el granero. Hoy en día, sin embargo, la sensación que me confunde es la de la ilusión. La ilusión de que reformular puede abrir puertas que hasta ahora eran muros. Resulta estremecedor ver que todo se cae, que nada aguanta, pero sí recordamos bien el mundo en el que tan cómodos nos sentíamos, no debemos olvidar sus claroscuros. El bienestar de unos siempre a costa del de los otros. O a costa del planeta. Pero la pregunta ya es ¿cómo será lo que venga?  ¿Seguirá extendiéndose como la pólvora este despertar de los dormidos o serán los que ocupaban las primeras posiciones quienes vuelvan a organizar el nuevo patio del colegio sin resistencia?

Al hilo de esto, me ha gustado hoy un artículo de Diseño Social (ejemplo perfecto de una de esas iniciativas a las que hacía mención) que profundiza en el aprendizaje, en nuestras reacciones ante los estímulos y en la facilidad con la que es posible frustrarnos y derrotarnos. ¿Somos verdaderamente conscientes de esto? ¿De nuestra permeabilidad? ¿De lo maleables y tiernos que somos para la gente con malas ideas?

Sin más, yo me quedo pensando en todo ello. No tengo el resultado del sudoku aún, pero sospecho que por aquí anda una de las claves… Está bien ver el sol, pero para eso antes hay que saber disfrutar largo y tendido de la lluvia ¿No os parece?

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