La felicidad no es una sinfonía

En una ocasión escuché en la radio que Beethoven definió la felicidad como la contemplación de la luz del Felicidadsol colándose entre las ramas de los árboles (aunque nunca he podido confirmar la cita, así que si alguien la conoce, por favor, que silbe). El caso es que me pareció totalmente acertada. No sólo porque conozco con precisión el delirio de ese instante, sino porque entiendo que lo que en realidad quiso decir es que la felicidad no es una sinfonía, sino que se mide por golpes, por notas; por fugaces instantes.

Recuerdo hace unos meses que tras recibir con un quiebro el saludo de un gorrión en la ventana, me encontré dándole vueltas a esto de la felicidad.  Esa sensación que los humanos nos empeñamos en perseguir a pesar de que resulta tan esquiva, caprichosa y fugaz como una mariposa al vuelo. La buscamos en las casas, en los coches, en los trabajos. A veces en el tamaños de nuestras televisiones, otras en los vestidos, en los zapatos… O en la pareja, quizá en los amigos, en nuestros hijos o en lo que adorna nuestras manos. Y sin embargo, ella llega cuando llega. Y aunque a menudo lo hace seducida por algo externo, suele venir de tierra adentro.

Aquella tarde me sorprendió mientras daba forma a unas albóndigas y a mi espalda, mi hijo —un corazón de león de ocho años— se afanaba en pasar la aspiradora con la intención de echarme una mano. Fue apenas un momento. Cotidiano, sencillo, íntimo. Una emoción tierna. Pasajera. Fue un instante de esos que te nublan el juicio con un agradecimiento intenso y profundo. Fue la felicidad asomando.

Iron and Wine playing “Joy”.

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2 pensamientos en “La felicidad no es una sinfonía

  1. Armando dice:

    Este es mi primer comentario, espero que no el último.

    Veo que en tu blog levitan dos conceptos, la felicidad y la libertad. Personalmente me cuesta mucho desglosarlos.

    La felicidad, me basta con definirla como la ausencia de infelicidad, con esto debería de valer. Si cuesta tanto definir la felicidad será porque nos es más fácil encontrar situaciones infelices que felices, así que aquí es mejor actuar por eliminación.

    La libertad, eso es más complicado. Yo prefiero ser libre de esclavizarme que ser esclavo de liberarme. Esto no sólo es un curioso juego de palabras. Se puede ser esclavo de la libertad, o al menos de las ideas esterotipadas de libertad. ¿Es libre aquel que se siente obligado a vivir libremente con un taparrabos en una playa? ¿Es libre aquel que necesita hacerse motero y hacer la ruta de la seda? ¿Es libre el que hace suyo sin fisuras y dogmáticamente una idea de libertad colectiva plasmada en ideologías políticas y que no se permite JAMÁS cambiar de opinión? ¿Es libre aquel que se echa sobre las espaldas la tremenda tarea de cambiar el mundo para que todo el mundo sea libre? ¿Es libre aquel que necesita ser joven y hacer muchas cosas en la vida antes de morirse? ¿Es libre aquel que necesita de reconocimientos, de títulos y de dinero? (aunque sea para pagarse la moto de la que hablaba antes).

    De la misma forma ¿Es esclavo el que se encadena a una persona?, ¿a una idea?, ¿a un sueño?

    La libertad debe ser algo más. No es lo que hagas, sino cómo y por qué lo hagas. Si no, ¿No puede ser libre un niño? ¿Un anciano? ¿Un enfermo? ¿un discapacitado? ¿Un pobre?. Todos ellos pueden ejercer la mayor de las libertades, la libertad de pensamiento, la que no se formula en la legislación. Esta libertad no está reprimida por las leyes, la mayoría de las veces está reprimida por el chantaje social y por la autocensura.

    Todos tenemos nuestras cárceles particulares. No es malo intentar descubrirlas, si lo hacemos, nos veremos doblemente sorprendidos en el papel de presos y carceleros.

    Bueno, he sido muy chapas. Ánimo y adelante.

    Armando

  2. Para nada has sido muy chapas, Armando. Has hecho muchas preguntas y todas súper interesantes. Sospecho que en la suma de ellas están las respuestas. En todo caso, prometo pensar sobre todo ello y venir con la vuelta. Aquí o con un café. Pero dame tiempo que, aunque atacada en mis maneras, soy lenta pensando.
    Así a bote pronto puedo decirte dos cosas. Coincido en que todo empieza con la libertad de pensamiento. Y a ésa, que a su vez empieza con el espíritu crítico, hay que educarla y darle de comer…Y estoy en desacuerdo con tu definición de la felicidad. Quizá es que yo soy muy intensa, pero para mí, está la infelicidad, está la felicidad y luego está el resto: el día a día.
    Bienvenidísimo por estos lares. Espero que me des mucho palique.

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